Éxodo

Historia de un viaje de vuelta

  1. Preparación para el Pacto (Éxodo 19:1-8)
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Buenos días. Seguimos acompañando al pueblo de Dios en su travesía a la Tierra Prometida. Ese era el lugar que Dios había prometido a Abraham, Isaac y Jacob para que su descendencia habitase en paz y prosperidad. Los siglos habían pasado, pero Dios no se había olvidado de ellos. Ni el imperio egipcio, ni las inclemencias del desierto impedirían que Dios cumpliese su palabra. Pero el propósito de Dios no era solo llevarlos y dejarlos ahí, sino que pretendía establecer un pacto con ellos. Quiere que Israel sea su pueblo escogido y que él sea su único Dios. Leamos 19:1-8

En el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí. Habían salido de Refidim, y llegaron al desierto de Sinaí, y acamparon en el desierto; y acampó allí Israel delante del monte. Y Moisés subió a Dios; y Jehová lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel: Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel. Entonces vino Moisés, y llamó a los ancianos del pueblo, y expuso en presencia de ellos todas estas palabras que Jehová le había mandado. Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos. Y Moisés refirió a Jehová las palabras del pueblo.

Tres meses después de dejar Egipto, el pueblo llegó al pie del Monte Sinaí, también llamado Horeb. Es un lugar más que significativo para la historia de Israel. Aquí van a permanecer aquí durante un año, aquí será el primer encuentro visible entre Dios y el Pueblo, y sobre todo, aquí Dios formalizará el pacto con ellos, les dará su ley, incluidos los famosos 10 mandamientos.

Su última parada había sido Refidim. Ese fue el lugar donde Dios les dio a beber agua de la roca. Fue el lugar donde, comandados por Josué, obtuvieron una resonante victoria frente a los amalecitas. En Refidim Dios había mostrado su poder y su amor. Pero no era el fin del camino. Había que seguir adelante.

En nuestra vida muchas veces pasamos por momentos que se parecen a Refidim. Momentos en que disfrutamos de un tiempo de comodidad y seguridad, donde encontramos un cierto equilibrio y las necesidades de nuestra vida parecen estar satisfechas. ¿Por qué no quedarnos ahí para siempre? Porque quizás ese no es el final del camino. Porque Dios tiene cosas mejores y más grandes, más adelante.

Por ejemplo. Seguramente muchos de nosotros disfrutamos las reuniones de la iglesia, nos gozamos al estar en comunión con los hermanos, nos encanta alabar al Señor con entusiasmo y escuchar buenos mensajes bíblicos, que alienten nuestro corazón y nos impulsen a seguir al Señor. Eso es genial. Pero la vida cristiana real no se circunscribe solo a los tiempos de culto, ni solo a ser receptores de lo que otros hacen. No somos llamados para ser espectadores. Hay más. Mucho más.

Dios quiere que seamos protagonistas. Que testifiquemos. Que le sirvamos. Que sigamos conociéndole y conociendo su palabra. Pero eso implica exponerse, gastar tiempo y recursos, arriesgarse al fracaso y al error, y a veces, ser criticado, malinterpretado o ignorado. Pero avanzar implica, justamente, dejar nuestra zona de confort y continuar adelante. Porque las cosas mejores solo se logran cuando nuestra mirada está puesta en el galardón. Así actuaba Pablo: “olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”

Volviendo al texto, Dios llama a Moisés a la cumbre del monte. Era un momento muy significativo para él. Era el mismo lugar donde, tiempo atrás, el Señor lo había llamado desde la zarza ardiente para enviarlo a Egipto y sacar de allí a su pueblo. Aquel día, el Señor le había dicho: “Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte” Éxodo 3:12

La señal se estaba cumpliendo delante de sus ojos. Dios le habla del pasado reciente, de la forma en que había librado a Israel de la esclavitud y el cuidado que había tenido de ellos en el primer tramo del camino. Eran prueba más que suficiente de su fidelidad y amor. Pero ese no era el fin del camino. Porque Dios quería hacer con ellos un pacto. Quería que fueran su especial tesoro. Una nación única y especial, un reino de sacerdotes y gente santa.

La palabra que se traduce como “especial tesoro” viene del verbo hebreo “cerrar” y se aplica a una propiedad que es exclusiva y privada. Es la misma idea que tiene Pedro y que nos recuerda nuestra posición en cuanto a Dios: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” 1 Pedro 2:9

El pacto tenía condiciones. Ellos tendrían que escuchar su voz y guardar sus mandamientos. Si lo hacían, podrían experimentar la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Dios quiere hacer algo similar con nosotros. Llevarnos adelante por el camino que él nos ha preparado, un camino donde no faltarán cuestas escarpadas y valles oscuros, pero un camino cuyo destino es glorioso. Un camino que el Señor Jesús recorre a nuestro lado, todos los días, hasta el fin del mundo.

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