Éxodo

Historia de un viaje de vuelta

  1. Desconcierto o dependencia.

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Buenos días hermanos. El Pueblo de Israel ha comenzado su camino a la Tierra Prometida. Seguramente con el recuerdo bien fresco en la mente de las aterradoras plagas que Dios trajo sobre sus opresores. En particular, aquella noche donde los gritos desgarradores de los egipcios se oyeron por todo el país. Pero no en Gosén, porque allí, un cordero inocente había muerto en lugar de los primogénitos.

Caminaban confiados, porque el Señor marchaba con ellos. Su presencia era visible durante el día en la nube que los cubría del calor, y en la columna de fuego que los calentaba e iluminaba por las noches. Se sentían protegidos y acompañados. Sin embargo, nubes de otra clase iban a ensombrecer la dicha perfecta del pueblo, porque el Faraón, arrepentido de haber dejado ir a Israel, salió a perseguirlos. Tomó seiscientos carros escogidos, y todos los carros de Egipto, con sus capitanes sobre ellos. El faraón personalmente comandaba el ataque. Lectura Éxodo 14:10-16

Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a Jehová. Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto. Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos. Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco.

El poderoso ejército egipcio les pisaba los talones. Allí estaba el pueblo de Dios, rescatado de la esclavitud con gran despliegue de poder de Dios, pero llenos de incertidumbre y temor, deseando nunca haber sido rescatado. En tres frases mencionan a Egipto cinco veces. Daban por hecho que serían aniquilados. Poca fe le tenían a Dios.

Semejante reacción nos parece insólita, porque tenemos el diario del lunes y sabemos el final de la historia. Pero su desconcierto es completamente humano y perfectamente comprensible. Sus preguntas son de estricta lógica ¿Nos sacaste para morir en el desierto? ¿Tanto nadar para morir en la orilla? ¿No era mejor seguir siendo esclavos? Señor ¿Por qué abres una puerta y cierras la siguiente? ¡Cuántas veces actuamos de la misma manera!

La utilidad de las pruebas en la vida cristiana es fácil de entender, pero difícil de aceptar. Las Escrituras explican claramente que Dios permite circunstancias dolorosas y adversas para fortalecer nuestra fe y profundizar nuestro conocimiento del Señor. Nos dice que debemos sentirnos bienaventurados cuando las experimentamos.

En los papeles parece es todo fenómeno, sin embargo cuando nos toca atravesarlas no está tan bueno. Protestamos. Reclamamos al Señor su proceder. Cuestionamos sus caminos. Pero Dios es paciente con sus hijos. Quiere darles una demostración más de su asombrosa gracia y su tierno cuidado. Trasmite tranquilidad por medio de su siervo Moisés: ¡No teman! Uno de los mandamientos divinos más repetidos en la Biblia. Tranquilos, Dios está al control. No desmayen. Manténgase firmes. El Señor peleará por nosotros.

Efectivamente, Dios iba a actuar. Una vez más, los israelitas serían testigos de una salvación milagrosa. El abriría sendas donde no había ninguna. El mar se abriría para darle paso. Pero hay un detalle fundamental. Dios dice a Moisés: ¡Di a los hijos de Israel que marchen! El camino aún no estaba abierto, pero ellos debían avanzar. Dios espera que sus hijos nos movamos por la fe, no por vista.

Las pruebas en nuestra vida ¿producen desconcierto o dependencia? Lo primero es la reacción humana y natural. Lo segundo es el resultado de la madurez espiritual. El resultado de confiar en Dios y descansar en sus manos. Es verdad que Dios no está tan visible como en la columna de nube y de fuego, pero su voz nos sigue llamando a avanzar, a pesar de todo, con la mirada puesta en el Autor y Consumador de nuestra fe.

Como dice aquel viejo himno.

Firmes y adelante, huestes de la fe,
Sin temor alguno, que Jesús nos ve;
Jefe soberano, Cristo al frente va,
Y la regia enseña tremolando está.

Muévese potente la iglesia de Dios,
De los ya gloriosos marchamos en pos;
Somos sólo un cuerpo, y uno es el Señor,
Una la esperanza y uno nuestro amor.

Tronos y coronas pueden perecer,
De Jesús la iglesia constante ha de ser;
Nada en contra suya prevalecerá,
Porque la promesa nunca faltará.

Coro:
Firmes y adelante, huestes de la fe,
Sin temor alguno que Jesús nos ve.

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