Éxodo

Historia de un viaje de vuelta

  1. Peregrinos en el mundo.

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Buenos días. Estaba pensando en una de las figuras con que la Biblia describe a los hijos de Dios, esa de “extranjeros y peregrinos”. El autor de Hebreos la usa para referirse a los patriarcas, que habitaron en la tierra prometida como si no les perteneciese, sabiendo que Dios les había preparado una ciudad que tiene fundamentos eternos. Ese era su objetivo y nunca perdieron de vista esta perspectiva eterna.

El apóstol Pedro usa la misma expresión para dirigirse a los creyentes de todos los tiempos, recordándonos que en este mundo somos “extranjeros y peregrinos”. Dice en 1 Pedro 2:11-12.

Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.

Es que en razón de esta nacionalidad celestial, nuestro estilo de vida no debe ser copiado de aquellos que no conocen a Dios, sino que debemos mantener “una buena manera de vivir”, para que nuestra conducta honre el nombre de nuestro Dios y sea de testimonio a los demás.

También el apóstol Pablo lo sugiere en Filipenses 3:20, cuando afirma que “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo”. Está apuntando a que nuestros intereses y expectativas estén en las cosas de arriba y no en las de la tierra.

Ser extranjeros y peregrinos implica que no pertenecemos al lugar donde temporalmente estamos. Jesús decía que “estamos en el mundo, pero no somos del mundo”. Aquí somos “residentes temporales”, por lo tanto, no solo tenemos principios y valores distintos, sino que tampoco debemos llenar nuestras valijas con cosas que no tienen trascendencia eterna, porque, como decía Zitarrosa “son más largos los caminos para el que va cargado de más”.

Estamos viajando hacia la Patria celestial. Nuestro hogar es el Cielo, donde están las moradas que Jesús prepara para nosotros. Y cuando nuestro camino llegue a su fin, estaremos en casa. Como dice una vieja canción “un hogar de hermosura sin par, donde me espera mi Buen Salvador, un hogar de amor, donde no habrá más dolor, y su luz nunca habrá de menguar. ¡Oh, Patria Feliz, donde mi alma anhela llegar!”.

Pero mientras tanto, lo que nos toca mantenernos en el camino de la vida cristiana. Para ayudarnos en esta travesía, la Biblia tiene un libro que relata la historia de un viaje. Es el viaje de los hijos de Jacob de regreso a la tierra de sus antepasados. Es un viaje de liberación y esperanza, pero también de luchas y dificultades. Es un viaje donde hay que enfrentar enemigos y superar obstáculos, donde hay momentos para avanzar y otros donde hay que esperar, donde hay tiempo para la alegría y para la tristeza. Es un viaje donde constantemente surge lo peor de la necedad humana, pero también, donde siempre aflora la sublime gracia de Dios. Es un viaje como el nuestro.

La historia del Éxodo comienza mucho antes de que los hijos de Israel se pongan en marcha hacia Canaán. Comienza con una lejana promesa hecha por Dios a un hombre que había hallado gracia delante de sus ojos. A ese hombre Dios lo llamó de su tierra natal en Ur de los caldeos, y le aseguró que le daría una descendencia numerosa como las estrellas del cielo, y una tierra buena y próspera donde podrían vivir a perpetuidad.

Muchos siglos pasaron desde ese momento. Abraham tuvo solo un hijo según la promesa: Isaac. Isaac solo tuvo dos, y Dios escogió a uno de ellos, Jacob, para que heredase las bendiciones que había jurado a su padre y abuelo. Fueron los hijos de Jacob, cada con su propia familia, los que formarían la nación de Israel.

La providencia de Dios quiso que ese grupo familiar, unas setenta personas, huyendo de una prolongada hambruna, terminara radicándose en Egipto, donde José, el traicionado por sus hermanos, gobernaba el país y les ofrecía albergue y alimentos.

Durante estos días, todo era felicidad. Disfrutaron de un hermoso reencuentro familiar. Jacob volvió a ver a su hijo amado, bendijo a sus nietos, y gracias a la generosa actitud de José, los hermanos pudieron liberarse de las culpas de un pasado que los atormentaba. Estaba claro que Dios los había llevado a ese lugar. Allí tenían sustento suficiente y una tierra donde vivir tranquilos, donde cultivar sus huertas, pastorear el ganado y criar a sus familias. Todo parecía indicar que era el lugar ideal. Con el tiempo, verían que no era así.

Lo interesante es que aún durante ese tiempo en que las bondades de Egipto deslumbraban a todos, cuando nadie estaba pensando en moverse de ahí, había alguien  que no había olvidado la promesa de Dios, alguien que sabía que ese lugar no era su morada permanente. Justamente, la persona que más prestigio y poder tenía en Egipto, después del propio Faraón. En Génesis 50:24 leemos:

Y José dijo a sus hermanos: Yo voy a morir; mas Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de esta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac y a Jacob. E hizo jurar José a los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos.

La actitud de José es imprescindible para encarar un viaje como este. Si no tenemos claro cuál es nuestro destino, difícilmente podamos avanzar en la dirección correcta. Si no nos aferramos a las promesas de Dios, difícilmente podamos sobrellevar los momentos duros del trayecto, ni continuar avanzando cuando parece que llegamos a un oasis en el camino. Por eso, el desafío es no perder de vista al que camina delante de nosotros. Poner los ojos en Jesús.

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Hebreos 12: 1-2

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