Éxodo

Historia de un viaje de vuelta

  1. La preparación del Siervo (Parte 3 – El Dios que acompaña)

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Buenos días. La semana pasada estuvimos repasando algunas cualidades del Dios que llama a Moisés desde aquella la zarza que ardía pero no se consumía. Es el Dios que está atento a la situación de su pueblo, que ve lo que le pasa y escucha su clamor, pero también es el Dios que desciende para actuar a su favor, comisionando al otrora orgulloso príncipe de Egipto, ahora devenido en humilde pastor de ovejas, para que vaya, enfrente a Faraón y libere a Israel de la esclavitud.

Moisés, sin embargo, tiene sus reparos. A los cuarenta años, cuando todavía estaba en Egipto, estaba convencido de ser el hombre que Dios usaría para traer libertad a sus compatriotas. Pero luego de ser rechazado por los suyos, de tener que huir para salvarla vida, y de cuatro décadas de lidiar con ovejas, no se siente capacitado para semejante tarea. Retomamos la lectura en Éxodo 3, desde el verso 9 al 12:

El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel. Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? Y él respondió: Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte.

El relato describe una larga charla entre Dios y Moisés, que se extiende hasta el capítulo 4. En esta conversación Moisés plantea sus objeciones a la misión que el Señor quiere encomendarle. Personalmente, me resisto a pensar que Moisés está simplemente poniendo excusas. Porque una excusa o pretexto es un argumento artificial que se invoca para evitar una obligación, disculpar una falta o justificar una omisión. Aunque tiene toda la pinta de querer esquivar el bulto, me parece Moisés sufre un genuino sentimiento de indignidad. Y hay una gran diferencia. Las excusas las ponen los que no quieren ir. Pero las objeciones son dudas sinceras sobre la idoneidad del que es llamado.

Si Moisés no hubiera estado interesado en servir a Dios, no estaría cuidando ovejas en medio del desierto, sino disfrutando de las bondades de su posición como príncipe de Egipto. Él no había dejado todo aquello por un error de cálculo. Fue intencional. Dice Hebreos que fue por la fe que “rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado”. Fue por la fe que dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; y se sostuvo como viendo al Invisible. Moisés tenía muy claro a quien quería servir. Simplemente estaba atravesando un momento de crisis personal. No se sentía digno para la tarea a la que Dios le estaba llamando. Por eso pregunta: “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?

Dios podría haberle dejado allí, lamentándose de su miserable existencia, pero no lo hace. Ahora, es interesante observar que Dios no responde esta pregunta. No le da para adelante a su ego: no le dice “Pero Moisés, ¿Cómo vas a preguntar eso?, Mirate bien, vos sos un príncipe, te educaste en Egipto. Te graduaste con honres. Sabés legislación, estrategia militar, idiomas, arquitectura… además, sos un luchador. Te enfrentaste a aquel egipcio maltratador y a aquellos pastores abusadores cuando conociste a tu esposa, ¿te acordás? Si, ahora tenés 80 pirulos, pero todavía sos joven. Estos años en el desierto te han curtido. Dale, vos podés. Vos valés.

Nada de eso. El argumento de Dios para convencer a Moisés es recordarle que su presencia le acompañará siempre. Sencillamente dice: “Ve, porque yo estaré contigo”. No importa que seas un “don nadie”. Nunca estarás solo.

Cuando en este mundo se quiere denostar a alguien le preguntan “¿y vos quien sos?” y las personas a nuestro alrededor dedican mucho esfuerzo a tener con qué responder esta pregunta. Pero el Señor no nos mide con la vara del sistema mundo, sino con la medida de su gracia. Era lo que Pablo había entendido (1 Timoteo 1:12-14)

Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante…

Hermano, la gracia siempre es más abundante. Es verdad que la tarea que se nos ha encomendado, cualquiera que sea, supera ampliamente nuestra capacidad. Pero no se trata de nosotros, sino de la gracia de Dios con nosotros. Es verdad que si miramos nuestro pasado, y nuestro presente, tenemos abundantes razones para sentirnos indignos. Pero no se trata de nuestros méritos o deméritos, sino de su misericordia.

El Señor no mira quienes fuimos, ni quién somos, ni cuanto podemos hacer por nuestras fuerzas. Él nos llama y nos asegura que siempre irá con nosotros, nos invita a ponernos en sus manos y confiar en su gracia.

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