Éxodo

Historia de un viaje de vuelta

  1. Vivir en santidad.

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Buenos días hermanos. Continuamos acompañando al Pueblo de Israel en su camino a la Tierra Prometida. En el devocional anterior estuvimos repasando el momento clave en que, al verse acorralados entre el desierto y los egipcios que los perseguían, los israelitas cayeron en la desesperación, pero aprendieron dependencia. Reclamaron a Moisés por haberlos liberado: ¿No había tumbas en Egipto? ¿No era mejor vivir siendo esclavos? La respuesta fue: ¡Marchen! ¡No teman, Avancen! Y confíen en que Dios peleara por ustedes. Retomemos la lectura en 14:14

Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco. Y he aquí, yo endureceré el corazón de los egipcios para que los sigan; y yo me glorificaré en Faraón y en todo su ejército, en sus carros y en su caballería; y sabrán los egipcios que yo soy Jehová, cuando me glorifique en Faraón, en sus carros y en su gente de a caballo. Y el ángel de Dios que iba delante del campamento de Israel, se apartó e iba en pos de ellos; y asimismo la columna de nube que iba delante de ellos se apartó y se puso a sus espaldas, e iba entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel; y era nube y tinieblas para aquéllos, y alumbraba a Israel de noche, y en toda aquella noche nunca se acercaron los unos a los otros. Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas. Entonces los hijos de Israel entraron por en medio del mar, en seco, teniendo las aguas como muro a su derecha y a su izquierda. Y siguiéndolos los egipcios, entraron tras ellos hasta la mitad del mar, toda la caballería de Faraón, sus carros y su gente de a caballo. Aconteció a la vigilia de la mañana, que Jehová miró el campamento de los egipcios desde la columna de fuego y nube, y trastornó el campamento de los egipcios, y quitó las ruedas de sus carros, y los trastornó gravemente. Entonces los egipcios dijeron: Huyamos de delante de Israel, porque Jehová pelea por ellos contra los egipcios. Y Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas vuelvan sobre los egipcios, sobre sus carros, y sobre su caballería. Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y cuando amanecía, el mar se volvió en toda su fuerza, y los egipcios al huir se encontraban con el mar; y Jehová derribó a los egipcios en medio del mar. Y volvieron las aguas, y cubrieron los carros y la caballería, y todo el ejército de Faraón que había entrado tras ellos en el mar; no quedó de ellos ni uno. Y los hijos de Israel fueron por en medio del mar, en seco, teniendo las aguas por muro a su derecha y a su izquierda. Así salvó Jehová aquel día a Israel de mano de los egipcios; e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar. Y vio Israel aquel grande hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios; y el pueblo temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo.

Algunos conocemos esta historia desde niños. Es una de las historias favoritas de la Escuela Dominical. Un milagreo sin precedentes que saca de quicio a incrédulos y escépticos, quienes buscan toda clase de explicación natural y lógica a lo que Dios hizo en aquella ocasión. No cruzaron el mar, sino una zona pantanosa que se secaba en esa época del año. Fue un sismo que produjo una bajante excepcional. Fue… bueno, no vale la pena detenernos en esto. La Biblia dice que fue Dios. Dios hizo que soplara un fuerte viento oriental o del este, de frente a los israelitas, pero que hizo que el mar se retirara lo suficiente para abrir un camino entre las aguas y que ellos pudieran cruzar en seco.

Caminar en seco es una expresión que enfatiza la perfección del milagro. No fue una cosa hecha a medias, no tuvieron que chapotear en el barro del lecho del mar. Ni siquiera se mojaron. Podían avanzar con comodidad por un camino humanamente imposible. Así es Dios. Así son sus caminos para nosotros. Sin dudas, más altos que los nuestros. En ocasiones no los vemos abiertos hasta el momento oportuno. Pero ¡qué bueno es confiar y seguir la guía de Dios hasta el final!

Pero Dios no solo abrió el mar para que el pueblo cruzara rumbo a la libertad. El milagro de la libración de Israel no estaba completo solo sacándolos de la esclavitud. También era necesario destruir al poder que los había esclavizado. Dios obró de muchas maneras para que esto ocurra. Endureció el corazón duro de faraón para que persiga al pueblo e intente cruzar el mar. El ángel del Señor, que representa la presencia de Dios mismo, les cuidó las espaldas.

Los protegió mientras cruzaban. Los obstaculizó para que no los alcancen, toda una noche se puso en medio de ellos y de su pueblo. Los ocultó con su nube. Trastornó el ejército egipcio, dañó sus veloces carros. Entorpeció su camino, hasta que se dieron cuenta que debían huir “porque Jehová pelea por ellos contra los egipcios”

Cuando el último israelita alcanzó la playa, Dios hizo volver el mar a su lugar y sepultó para siempre a los enemigos de Israel. Y volvieron las aguas, y cubrieron los carros y la caballería, y todo el ejército de Faraón que había entrado tras ellos en el mar; no quedó de ellos ni uno.

No una alegoría, sino una alusión a lo que Dios hace cuando nos salva. Destruye el poder que nos dominaba. Porque Dios no solo quiere liberarnos una vez, sino que vivamos en libertad y santidad. Escribe Pablo en Romanos 6:4 al 6

Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.

Dice Pablo que fuimos plantados juntamente con Cristo. La idea es la de un injerto. Fuimos unidos a Cristo para ser partícipes de su vida, y que además “nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él”.

El viejo hombre o naturaleza pecaminosa es el YO que sigue el modelo de Adán, de rebelión contra Dios. En la conversión nos quitamos el viejo hombre y nos revestimos del nuevo hombre, como si estuviésemos cambiando una ropa sucia y andrajosa por una vestidura sin mancha.

La crucifixión del viejo hombre significa que el cuerpo de pecado ha sido anulado. Otra expresión mejor que “destruido” es “reducido a la impotencia” La naturaleza pecaminosa ha perdido todo poder sobre nuestra vida “a fin de que no sirvamos más al pecado”. La tiranía del pecado sobre nosotros ha quedado quebrantada. Dios da al creyente un nuevo hombre, que fue resucitado con Cristo y que es obediente a él “creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.

El objetivo es una vida de santificación práctica. Se logra cuando en vez de pensar y hacer las cosas de la carne, pensamos y hacemos las cosas del Espíritu. Al nacer de nuevo deberíamos dejar de hacer “los deseos de la carne” (Gálatas 5:19) para “manifestar el fruto del Espíritu” (Gálatas 5:22).

La clave está en Gálatas 5:16: “Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne”. No son dos cosas, sino una. Si nos acercamos a Dios, entonces simultáneamente nos alejaremos del diablo.

Que esta sea nuestra decisión esta mañana y cada día de nuestra vida.

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