Éxodo

Historia de un viaje de vuelta

  1. La preparación del Siervo (Parte 2 – El Dios que llama)

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Buenos días. El libro de Éxodo cuenta cómo Dios liberó a su pueblo de la esclavitud en Egipto y su viaje hacia la  Tierra Prometida. Un viaje en el que hay dificultades y desiertos, con enemigos y tentaciones. Pero también, con la presencia y protección del Señor a cada paso del camino. Un viaje que se parece a nuestro andar por este mundo, mientras viajamos a la Patria Celestial.

El pueblo de Israel sufre una opresión cada vez más dura en Egipto y sigue clamando angustiosamente por salvación. El Señor ha visto su aflicción y escuchado sus ruegos, y ha estado preparando al instrumento con que ejecutará su plan de liberación. Moisés, aquel niño rescatado de las aguas del Nilo, que había pasado 40 años en el palacio, capacitándose como futuro gobernante, y otros 40 años de absoluto anonimato en el desierto de Madian, estaba a punto de ser llamado por Dios. El relato bíblico es bien conocido.

Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios. Y se le apareció el Angel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema. Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo. El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel. 3:1-10.

El encuentro ocurre en monte Horeb, también llamado Sinaí, que está en el centro de la península del Sinaí, ubicada entre África y Asia. Es llamado “el monte de Dios”, porque para cuando Moisés escribió este relato, ya había sido llamado allí, y en el mismo lugar, recibiría las tablas de la ley de la propia mano de Dios. Además, dicen los que conocen, es un lugar de impresionantes cordilleras, cuya cumbre frecuentemente está oculta por las nubes, y cuando hay tormentas eléctricas, los valles retumbaban y se estremecen con los truenos.

En los primeros 10 versículos, encontramos la presentación del Dios que llama. Allá en el monte Horeb, El ángel de Jehová se aparece a Moisés en una llama de fuego que envolvía una zarza. Dicen que no era extraño ver este tipo de arbustos achaparrados incendiarse espontáneamente, dadas las altas temperaturas del desierto. Lo que Moisés miraba “con gran perplejidad”, era que “la zarza ardía”, pero “no se consumió mientras ardía”. Y se acercó para ver.

Este Ángel de Jehová no es un mensajero celestial común y corriente. Aunque las Escrituras nunca identifican claramente quien es, sí ofrecen pistas certeras para concluir que se trata de Dios mismo. En sus apariciones, el Ángel de Jehová se identifica como Dios, habla como Dios y ejerce las prerrogativas divinas (se puede observar en varios pasajes Génesis 16, 18, 21, 22; Éxodo 3:2; Jueces 2, 5, 6, 13; etc.) Algunos teólogos lo laman teofanía, o sea, una manifestación de Dios perceptible para los sentidos humanos. Otros lo denominan cristofanía, para enfatizar que se trata de una manifestación de la segunda persona de la deidad antes de su encarnación. No importa como se le llame, “el Ángel de Jehová” es la forma en que Dios extiende sus brazos eternos hasta acá abajo, para estar cerca de hombre (Deuteronomio 33:27). Como dice el Salmo 34:7

El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen,

Y los defiende.

La voz llama a Moisés por su nombre, dos veces, como enfatizando que se trata de un llamado especial y urgente. Le advierte que guarde distancia y quite las sandalias de sus pies, porque el lugar que pisa santo es. Moisés obedece. El que llama se presenta como el Dios de los patriarcas: “Yo soy el Dios de tu padre, de Abraham, Isaac y Jacob”. Era el Dios Todopoderoso, al que clamaban por liberación, el Dios de las promesas. Ese Dios estaba hablando con él. Lo estaba buscando para una misión que le tenía preparada.

Es interesante notar tres cosas. La primera es Dios atendiendo. El verso 7 contiene tres verbos que describen a Dios interesado en lo que pasa con sus hijos: “he visto la aflicción”, “he oído su clamor”, “he conocido sus angustias”. En medio de los vaivenes que imponen las circunstancias de la vida, es posible que olvidemos que Dios está atento a nuestra situación. Puede parecernos que nos ha olvidado, o que no le importa. Pero no es así. Dios está atento. Sabe incluso cuantos cabellos nos van quedando en la cabeza. Jesús enseñaba a sus seguidores a mantener la calma en medio de la ansiedad y confiar en la incertidumbre: si él cuida de las aves, cuidará también de ti.

La segunda cosa es Dios descendiendo. Porque la acción de Dios a nuestro favor no consiste solo enterarse de lo que nos pasa, sino hacer algo al respecto. Dios mismo había descendido para intervenir en la injusta situación de Israel en Egipto: “he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel” (3:8). En Cristo se produjo el descenso definitivo de Dios, para ocupar nuestro lugar en la cruz y habilitar nuestro acceso a los lugares celestiales, junto con él. El que no escatimó ni a su propio hijo… ¿Cómo no nos dará juntamente con él todas las cosas?

El problema, entre comillas, es el tercer punto: Dios llamando. Porque para todo esto, Dios requería que Moisés respondiera a su llamado. Que hiciera su parte. ¿Dios podía hacerlo solo? Sin duda. Pero él ha decidido no actuar de esta manera. Ha decidido involucrarnos en su obra. ¿Así no avanzará más lento y con más errores? Sin duda. Pero su voluntad es que le sirvamos. Quizás estés oyendo la voz de Dios para hacer algo para él. No dudes en responder como Moisés: “heme aquí”. Aunque después puso reparos, pero eso lo vemos la próxima.

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