Éxodo

Historia de un viaje de vuelta

  1. La purificación del siervo.

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Buenos días. Hoy nos toca considerar un pasaje bastante curioso del libro del Éxodo. Hemos estado repasando el encuentro de Dios con Moisés, y cómo el Señor respondió sus dudas, quitó sus inseguridades y le mostró con muchas señales claras que él mismo estaría a su lado cuando tuviera que confrontar a Faraón y exigirle que deje libre a Israel. Entonces Moisés se despide de su suegro Jetro y parte rumbo a Egipto llevando consigo a su familia. En el camino, Dios le va anunciando las cosas que iban a suceder. Dice 4:21-23

Y dijo Jehová a Moisés: Cuando hayas vuelto a Egipto, mira que hagas delante de Faraón todas las maravillas que he puesto en tu mano; pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo. Y dirás a Faraón: Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva, mas no has querido dejarlo ir; he aquí yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito.

Todo parece encaminarse bien. Sin embargo, antes de poder servir a Dios, Moisés debía arreglar algunas cuentas de su pasado. Sigue diciendo el texto en el verso 24:

Y aconteció en el camino, que en una posada Jehová le salió al encuentro, y quiso matarlo. Entonces Séfora tomó un pedernal afilado y cortó el prepucio de su hijo, y lo echó a sus pies, diciendo: A la verdad tú me eres un esposo de sangre. Así le dejó luego ir. Y ella dijo: Esposo de sangre, a causa de la circuncisión.

Estos dos versículos son sumamente extraños. Uno no puede más que preguntarse ¿Con todo el tiempo que se tomo Dios, 80 años, para preparar a Moisés y con trabajo que le dio convencerlo, ahora lo quiere matar? ¿Por qué? Porque Moisés estaba preparado en cuento a capacidades, pero aún no estaba limpio pasa ser usado.

Se puede deducir del texto que Moisés, por alguna razón que no se establece, no había circuncidado a uno de sus hijos. Antes de prestar un servicio al Señor, ese rito que representaba el pacto de Dios con su pueblo, debía ser cumplido. Aquel que iba a guiar al pueblo de Dios y a demandar obediencia al Señor, debía él mismo ser obediente.

Por lo tanto, toda la situación se circunscribe en este contexto. En una parada del camino, Dios le salió al encuentro. Probablemente la expresión “quiso matarlo” signifique que cayó enfermo y estuvo al borde de la muerte. Entonces, tuvo que ser la propia Séfora la que realizara el rito para salvar la vida de su esposo.

Más allá de las complejidades de determinar el significado preciso de los detalles, hay una enseñanza para los que servimos a Dios, y es que necesitamos estar en adecuada condición moral y espiritual. No podemos prestar un servicio digno al Señor si nuestra vida no es santa. Pablo dice en 2 Timoteo 2:21: “Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra”. Estas cosas de las que habla Pablo, tienen que ver con el estilo de vida de los que no tienen en cuenta a Dios. Hay que dejarlo atrás. Hay que marcar la diferencia, porque somos una nueva criatura en Cristo, como dice Pablo en 2 Cor 5:21

La santidad es un tema muy extenso, pero es importante recordar dos aspectos fundamentales: hay una santificación posicional, operada por Dios en el momento de la conversión. En ese instante Dios nos hace santos. Como dice el autor de Hebreos “por una sola ofrenda”, la de Cristo, “hizo perfectos para siempre a los santificados”. Todos nuestros pecados son lavados con la sangre de Jesús en la cruz. De manera que posicionalmente, ante Dios, somos “santos y sin mancha”. Y es por esa razón que no hay para el santificado ninguna condenación posible.

Pero hay otro aspecto de la santificación que es práctica y personal tiene que ver con el proceso progresivo de ser más como Jesús. Es el cambio que se va dando en nuestro carácter y conducta a medida que comprendemos y aplicamos la palabra de Dios a nuestra vida. En este proceso estamos todos y en él debemos procurar avanzar.

Si somos hijos de Dios, si hemos sido hechos santos, debemos vivir santamente, es decir, practicar una vida que honre a Dios. Fuimos rescatados de una vana manera de vivir, es decir, de una existencia vacía y sin propósito, no para seguir perdiendo el tiempo en las mismas cosas, sino para vivir para Dios. Pablo dice: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

La vida de servicio comienza con la búsqueda de la santidad. Si realmente queremos ser “instrumentos para honra”, es bueno examinar nuestra vida a la luz de la Biblia y cambiar aquellas cosas que no se ajustan a lo que Dios quiere.

El capítulo termina con un emotivo encuentro entre los hermanos Aarón y Moisés, leamos desde el 27:

Y Jehová dijo a Aarón: Ve a recibir a Moisés al desierto. Y él fue, y lo encontró en el monte de Dios, y le besó. Entonces contó Moisés a Aarón todas las palabras de Jehová que le enviaba, y todas las señales que le había dado. Y fueron Moisés y Aarón, y reunieron a todos los ancianos de los hijos de Israel. Y habló Aarón acerca de todas las cosas que Jehová había dicho a Moisés, e hizo las señales delante de los ojos del pueblo. Y el pueblo creyó; y oyendo que Jehová había visitado a los hijos de Israel, y que había visto su aflicción, se inclinaron y adoraron.

Lo importante es ver el cumplimento de las promesas de Dios. Su hermano Aarón le salió al encuentro, tal como lo había dicho el Señor. Sus compatriotas lo recibieron, lo escucharon, y le creyeron, tal como había dicho el Señor. Ahora sí estaba todo listo para enfrentar al gran imperio egipcio, con Dios de su lado. Ya palpitaban libertad, porque el Dios de sus antepasados les había escuchado y había enviado ayuda. Juntos se inclinaron y adoraron.

Habían pasado unos cuatro siglos. Pero Dios no había olvidado sus promesas. Nunca lo hace. Podemos confiar en eso. Como dicen un himno.

Todas las promesas del Señor Jesús son apoyo poderos de mi fe.

Mientras viva aquí, cercado de su luz, siempre en sus promesas confiaré

¡Grandes, fieles, las promesas que el Señor Jesús ha hado!

¡Grandes, fieles, en ellas para siempre confiaré!

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