Éxodo

Historia de un viaje de vuelta

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Buenos días. Vamos a seguir nuestra recorrida por el libro del Éxodo. Cuando Dios encontró a Moisés en el desierto, en medio de la zarza que ardía pero no se consumía, le envió a Egipto para que sacara de allí al pueblo de Israel. Ellos estaban padeciendo dura servidumbre y su clamor había llegado a los oídos del Señor. El tiempo de cumplir la promesa hecha a los patriarcas había llegado. Pero Moisés se mostraba reticente no estaba convenido de ser la persona indicada. Finalmente, luego de un intenso intercambio con el Señor, Moisés arrancó para Egipto, a cumplir con la misión que Dios le había encomendado.

Sin embargo, sus temores se confirmaron ya en el primer encuentro., porque faraón no solo rechazó librar a sus esclavos, sino que además agravó sus condiciones de trabajo. Los israelitas estaban decepcionados, no podían entender como aún haciendo la voluntad de Dios las cosas salían tan mal. Les reprocharon a Moisés y Aarón haber generado falsas expectativas para luego quedar peor que antes. El propio Moisés se volvió a Dios con la misma inquietud ¿Por qué afliges a este pueblo? ¿Para qué me enviaste?

¿Es que acaso había fallado el Señor? No. Solamente que Dios quería que su pueblo fuese testigo de las maravillas y prodigios que iba a realizar para sacarlos de Egipto y llevarlos a la tierra prometida. Dios quería que su pueblo conociera mejor y que viera con sus propios ojos lo que el Dios todopoderoso es capaz de hacer, porque solo por la experiencia se puede fortalecer la fe. Por eso Dios le dice a Moisés “ahora verás”. Miren lo que dice Éxodo 6:1-8:

Jehová respondió a Moisés: Ahora verás lo que yo haré a Faraón; porque con mano fuerte los dejará ir, y con mano fuerte los echará de su tierra. Habló todavía Dios a Moisés, y le dijo: Yo soy JEHOVÁ. Y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre JEHOVÁ no me di a conocer a ellos. También establecí mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán, la tierra en que fueron forasteros, y en la cual habitaron. Asimismo yo he oído el gemido de los hijos de Israel, a quienes hacen servir los egipcios, y me he acordado de mi pacto. Por tanto, dirás a los hijos de Israel: Yo soy JEHOVÁ; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes; y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto. Y os meteré en la tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a Abraham, a Isaac y a Jacob; y yo os la daré por heredad. Yo JEHOVÁ.

Es interesante como Dios va aumentando la revelación de sí mismo por medio de los nombres con los que se le conoce. Le dice a Moisés que cuando se apareció a los patriarcas, no se dio a conocer por el nombre de Jehová, sino que se presentó como “elshaddai”, el Dios Todopoderoso. Pero ahora, la revelación de su nombre y los hechos que conducirían a la liberación de Israel, les levarían a conocer a Dios de manera más profunda y completa.

En devocionales pasados aprendimos que el nombre Jehová deriva de la expresión “YO SOY EL QUE SOY”, con que Dios se presenta en el capítulo 3. Este YO SOY está relacionado con el verbo hebreo “ser” o “existir”, y por tanto, vimos que el nombre Jehová significa algo asó como “el que ha sido, es y será”. Habla de eternidad, soberanía e inmutabilidad. Por eso es tan significativo. Porque él es el Dios del pacto, el que no dejará de cumplir su promesa.

Dios ahora vuelve para reafirmar el pacto hecho con los antiguos patriarcas. Ellos anduvieron como peregrinos en la tierra que Dios les había jurado, pero pronto sus descendientes habitarían en ella como sus auténticos propietarios. Dios promete sacarlos de su servidumbre “con brazo extendido y juicios grandes” y meterlos en la Tierra prometida. Su nombre es la garantía de la promesa, por eso rubrica sus palabras diciendo “YO Jehová”, YO “os meteré en la tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a Abraham, a Isaac y a Jacob; y yo os la daré por heredad. Yo JEHOVÁ.”

El tema es que con Dios no funciona eso de ver para creer. Con Dios se trata de creer para ver, como Jesús le dijo a Marta ante la tumba de su hermano Lázaro: “¿no te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Este mismo Dios le dice a Moisés “ahora verás lo que voy a hacer”, pero para que eso pase, el hombre de Dios debía primero levantarse y volver a intentarlo. A pesar del primer fracaso, a pesar del primer rechazo. Debía volver a Faraón y volver al pueblo y hablares las mismas palabras, animarles  a confiar en el Dios del pacto.

Generalmente no nos gusta cuando nos toca retroceder algunos casilleros. Pero en la vida de fe, eso puede pasar. Dios permite algunas circunstancias que parecen pasos atrás para que podamos contemplar su obra en nosotros desde otra perspectiva, para que lo conozcamos mejor, y sobre todo, para que nuestra ve pueda salir perfeccionada de ese proceso. Porque solo la experiencia puede fortalecer nuestra fe. Bien lo dice aquella canción “si no lo hubiera vivido, jamás hubiera entendido como Cristo todo puede resolver”

Mientras Job atravesaba ese proceso, reflexiona en la soberanía de Dios. En el capítulo 26 enumera algunas cosas en el que “su eterno poder y deidad de hacen claramente visibles”, pero reconoce que “estas cosas son solo los bordes de sus caminos, y cuan leve es el susurro que hemos odio de él, ¿pero el trueno de su poder, quien lo puede comprender?” 26:14

Seguramente, antes de entender “como Cristo todo puede resolver”, habremos pasado por más de un momento de dolor y aflicción, y más de algún proyecto personal habrá quedado por el camino. Pero al final de ese camino, seremos capaces de ver y conocer mejor al Señor. Como el mismo Job testifica:

Yo hablaba lo que no entendía. Cosas demasiado maravillosas para mí que yo no comprendía

Pero dice después: “De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven”.

Que esta pueda ser también nuestra experiencia.

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